Peregrinaje de Fe

He experimentado una serie de “conversiones” en mi vida. Me crié en un hogar cristiano y acepté a Jesús como mi Salvador cuando era joven. Los veranos que pasé como consejero en un campamento cristiano para muchachos, dirigido por mi padre, fueron especialmente formativos para mi vida. Estos tiempos me dieron la oportunidad de ser discipulado y de discipular. Hasta el día de hoy sigo fuertemente comprometido con desarrollar relaciones de mentoreo y de discipulado.

Más que moldear mi pensamiento teológico, mi tiempo en la Universidad de Wheaton me preparó para formular y reflexionar sobre preguntas que enfrentaría más tarde. Pero quizás lo más importante durante este tiempo fue que me encontré con cristianos de otras tradiciones y denominaciones y oré con ellos. Esto me ayudó a ver y comprender que el mundo cristiano era más grande que mi trasfondo dispensacionalista.

Durante mi segundo año en la universidad algunos estudiantes de cursos superiores, con quienes trabajaba en la limpieza de los edificios, me invitaban a orar con ellos durante nuestra media hora de descanso. Estos tiempos de oración y estos nuevos amigos tuvieron un impacto tremendo en mi vida espiritual. Pero también me llevaron a una crisis. Sabía que mis amigos, cuando no estaban en la universidad que era conocida por su reglamento estricto, hicieron cosas que no estaban de acuerdo con lo que mi iglesia consideraba un comportamiento cristiano. Solo algunos meses antes hubiese sido difícil para mi considerar a una persona que hiciera tales cosas como cristiano o cristiana. Ahora me encontraba con personas que, a pesar de hacer cosas que mi iglesia desaprobaría, tuvieron un impacto más significativo en mi vida espiritual que cualquier miembro en mi iglesia madre jamás tuvo.

Por necesidad tenía que cambiar ahora mi definición de cristiano o tenía que separarme de estos nuevos amigos. Leí y estudié Romanos 14 y llegué a la conclusión que el problema era mi legalismo. Este descubrimiento no trajo ningún cambio en mi conducta, pero me dió una actitud crítica respecto al legalismo.

Algunos días antes de empezar mi último año en la universidad, visité a un amigo que acababa de graduar de la Universidad de Wheaton. El me mostró la probreza del barrio en donde vivía y trabajaba en Chicago. El viaje (en tren) de regreso a Wheaton fue un viaje desde la pobreza hacia la riqueza. No pude evitar la pregunta: ¿Cómo es posible que cristianos aquí (en Wheaton) viven cómodamente, gastando dinero en lujos innecesarios, cuando cerca de ellos (en Chicago) cristianos luchan con la pobreza? La pregunta sobre el estilo de vida y el materialismo me consumía. Un año más tarde estuve viviendo entre pobres en Honduras. Esta experiencia sirvió para incrementar en mí el deseo de vivir un estilo de vida más simple con el fin de tener más para compartir con aquellos que vivían a mi alrededor. Llegué a darme cuenta que este asunto es importante no solamente para ayudar a los pobres, sino también para ayudar a los cristianos ricos esclavizados por el materialismo.

Viviendo en América Central de 1979 a 1983 me dió una nueva sensibilidad al énfasis que hace la Biblia sobre la justicia y me guió a entender al evangelio como algo más que simplemente un mensaje individualista de salvación espiritual.

Llegué a Honduras con un punto de vista bastante simplista sobre el mundo. Viviendo en América Central, y especialmente visitando El Salvador, causó que esta perspectiva se derrumbara. El conflicto en El Salvador causó confusión en mis limpias categorías. No pude identificar a ninguno de los dos grupos mayoritarios en conflicto como “el bueno de la película.” Los testimonios de refugiados que habían experimentado la violencia de la guerra convencieron mi corazón que el pacifismo era la respuesta cristiana más apropiada a la guerra. El libro “Contra los violentos” de Jacques Ellul convenció a mi intelecto de lo mismo.

Aunque tuve claridad en cuanto al asunto de la violencia cuando dejé Honduras en 1983, estuve confundido y enojado acerca de muchas otras cosas. ¿Por qué Dios estaba permitiendo que la violencia y el sufrimiento continuaran? ¿Por qué los cristianos no estaban haciendo más para combatir la raíz de la pobreza en América Central? Pasé un semestre estudiando en Oregon, en la sede local de la Universidad de Houghton. Las conversaciones con los profesores y los libros que ellos me asignaron me fueron de mucha ayuda. Los profesores me recomendaron otros libros de Ellul y me sugirieron que estudie al profeta Habacuc. El libro “Hermano de una libélula” de Will Campbell fue uno de los más importantes que leí en este tiempo. Durante mis años en la universidad había pensado que definitivamente había dejado atrás al legalismo de mi juventud. Ahora estos profesores y autores me ayudaron a ver como trataba de justificarme a mí mismo. Simplemente había reemplazado una serie de reglas por otra más orientada hacia asuntos de justicia. Los profesores y los libros también hablaban contínuamente de la gracia de Dios, la cual experimenté de manera más profunda en este tiempo.

Durante los próximos años gradualmente fuí más atraído al Anabautismo por la lectura de libros escritos por Will Campbell y Vernard Eller, y por interactuar con menonitas en Central América. El énfasis anabautista en la comunidad nos gustó especialmente a mi esposa y a mí. Cuando nos mudamos en 1992 a Durham en Carolina del Norte estuvimos agradecidos por la oportunidad de llegar a estar involucrados en una iglesia menonita.

Considerando el creciente sufrimiento del cual fuí testigo en Honduras de 1989 a 1992, los clisés acerca de la proteción de Dios y de que Dios está en control de todo me parecían vacíos. Observé que estas creencias en muchos casos llevan a personas a condenarse a sí mismas o a estar enojadas con Dios. Muchos hondureños vieron al sufrimiento como un castigo de Dios. Me volví más y más hacia la cruz y enfatizé el sufrimiento de Dios con nosotros.

Cuando estuve enseñando en los años 80, puse bastante énfasis en la acción social y en ayudar a los pobres. Recientemente en Honduras estuve motivado a llevar un mensaje de libertad tanto a aquellos esclavizados por el legalismo religioso como también a aquellos cansados de tratar de conseguir su propia justicia al ayudar a los pobres. Ahora creo que lo mejor que puedo hacer para la gente es ayudarle, en el contexto de la comunidad cristiana, a experimentar el amor de Dios revelado en Jesucristo. Sigo dando estudios bíblicos sobre la justicia, y sigo estando activamente involucrado en ayudar a los pobres. Pero mis palabras y hechos ahora están con un sentir diferente, y cada vez comprendo mejor que la espiritualidad y la acción social, el evangelismo y el hacer justicia no pueden ser separados o siquiera ser vistos como actividades distintas.

Quizás el evento más significativo en my vida cristiana fue experimentar la gracia de Dios en una manera más profunda en la mitad de los años 80. Sin embargo, he llegado a ver la importancia de no solamente experimentar la gracia de Dios, sino especialmente de experimentar a un Dios de gracia. Llegando a ser padre, ministrando en Honduras, y cuatro años de estudios doctorales me proveyeron de muchas oportunidades para ver mis propias falencias y de sufrir pena, confusión, y vergüenza. Sin embargo, mientras llegué a tener una relación más profunda con el Dios de gracia revelado en Cristo Jesús, he encontrado mayor libertad y paz y la habilidad de ser más honesto y transparente y así tener relaciones más auténticas con personas a mi alrededor.